Aún no amanecía, en el cubierto cielo del 9 de mayo en Barcelona, cuando comenzamos los preparativos para dejar el piso de nuestro amigo Ramón en carrer de Génova . Me daba la sensación que huíamos de allí y en cierto modo así era. Ese día Ramón llegaba de su trabajo de guardia nocturno a las 7 de la mañana. Nos había dicho que esperaba llegar a tiempo para despedirse. No habían sido muy agradables los últimos días en casa de nuestro amigo.
Entramos por última vez al cuarto de baño, con su cortina en la ducha con motivos infantiles. Pol dormía en su cuarto despensa con un presente incierto cuando lo dejamos.
Desayunamos con los bocadillos preparados la noche anterior, cogimos nuestras mochilas y salimos casi corriendo de allí. Como si al seguir nuestro viaje se disolviesen los turbios momentos vividos los últimos días.
Bajamos por carrer de Génova y al cruzar delante de la iglesia de N.S. de Montserrat dirigí una rápida suplica de protección, sobre la imagen mental, del largo Camino que nos esperaba. Esto mientras torcíamos a la derecha, bajando por las escaleras de carrer Telegraf, en dirección de la estación de metro de Güinardó.
La ventana del restaurant, donde comimos todos juntos los amigos, observa iluminada, nuestra bajada por las escaleras.

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